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Grandes y Rojas

Por A. Quijano - 24 de Junio, 2009, 1:22, Categoría: FICCION

La noche había refrescado lo suficiente como para dejar una ambiente acogedor, que las palmeras, con el ligero siseo de sus ramas al compás de la ligera brisa que se había levantado al caer el sol en el mediterráneo occidental, parecían aportar su sonido al relajante momento sobre la hamaca en la playa.

 

Gepeto estaba solo. Siempre estaba solo. Estos momentos eran por los que merecía la pena seguir enrolado en el espectáculo ambulante con el que viajaba desde hacía ya cinco años. Esto era ahora su vida. Cuando el tiempo se estropeaba en la Península, para septiembre, viajaban a las Afortunadas. Viajaban en un carguero. Desconocía los detalles. El bribón del jefe estaba emparentado o algo parecido, pensaba él, con un armador. Y viajaban las 17 personas que formaban el espectáculo, con sus pertrechos embalados en contenedores metálicos como los TEU, pero mucho más pequeños, que se anclaban y camuflaban en puntos estratégicos de la cubierta.

 

Primeros de agosto en las playas levantinas. La noche era espectacular, la ausencia de luces artificiales había poblado el cielo de estrellas y cometas. 55 años. Pronto celebraría su cumpleaños. Pensaba como celebrarlo y a cual de las chicas del espectáculo erótico invitaría esta vez. Quizá era momento de probar algo nuevo, en el show cabían otras posibilidades. Se sorprendió a sí mismo pensando de esta forma. Por su mente fueron desfilando para su asombro las veces que había obligado a un detenido a desnudarse con el pretexto de que no pasasen nada al calabozo. Recordó la excitación que aquello le producía, no era… masculina. Si su recto padre se lo hubiera imaginado siquiera. Tuvo que ingeniar un sistema impermeable para no manchar los pantalones.

 

Con el tiempo siempre buscó una excusa para quedarse al control del calabozo y en los tiempos de descanso, cuando los calabozos se vaciaban cada noche, el se quedaba allí. Una noche, observó algo que se movía por entre las mantas, ocupaban todo un modulo del calabozo, se acercó y con la punta de la defensa levantó un extremo de un paquete de mantas. Como si hubiera saltado un resorte 20, no, 30, 100 cucarachas rojas, más grandes que el pulgar de un gorila macho, corrieron en todas direcciones, paredes incluidas; pronto estuvieron en el techo, alrededor suyo, sobre él. Sintió casi de nuevo su tacto frío. Fue increíble. Cogió una caja de cartón del tamaño algo mayor que las de zapatos y durante las dos horas siguientes, entre descargas incontrolables de placer como nunca antes había conocido, llenó la caja de cucarachas rojas, mas grandes que el pulgar de un gorila macho. Le puso una gruesa goma de caucho a la caja y salió en busca de su coche. Casi no tuvo fuerzas para responder al compañero, de guardia en la puerta de atrás de la vieja comisaría, cuando le preguntó que hacía allí todavía.  

 

Había pasado ya casi una década. Su crisis de identidad duró algo más de tres años, durante los cuales fue perdiendo una a una todas las cosas que había conseguido a lo largo de su vida, al mismo tiempo que descubría una tras otra su verdadera identidad. Afortunadamente la suerte y la sangre fría con la que se había comportado frente a familiares, amigos y compañeros, hicieron que nadie descubriese quien era.

Con la debilidad extrema que sus largas sesiones con sus amigas rojas, más grandes que el pulgar de un gorila macho, le ocasionó, consiguió un excedente, primero físico, luego físico y psicológico. Al tiempo que realizaba largos viajes, para recobrarse decía a la familia.

En el transcurso de uno de estos viajes, no regresó. Fue en aquel viaje que conoció al bribón de su jefe. Ambos buscaban algo prohibido en los suburbios de una de las Afortunadas, y lo compartieron. Luego descubrieron que eran casi almas gemelas. Y se contaron sus habilidades.

Podía verse con claridad meridiana los cráteres de la luna. Los cometas se sucedían a cortos intervalos y Júpiter, en Sagitario, competía con la cercanía de la luna con llamativos destellos, anulando prácticamente a la constelación de Escorpio, que apenas dibujaba sus tres colas.

 

Tendría que hacer algo con su show, no se le ocurría como innovar, y aunque él era el único showman que desplegaba el gran espectáculo de las cucarachas rojas, más grandes que el pulgar de un gorila macho, amaestradas, el se debía a su público. Tenía que idear una forma de innovar. Pensando en esto se quedó dormido y como siempre que esto ocurría, comenzó a soñar con el tacto de sus amigas por todo su cuerpo. Pronto comenzaría a estremecerse, se pasaría sus próximas horas en éxtasis.

 

A. Quijano

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