EL REINO DE LA CORRUPCION
Novela de Ciencia Ficción Sociológica

El presente y el pasado se entremezclan en el relato que de la vida social de un país ¿imaginario? hace el conductor a su joven acompañante durante el largo viaje de regreso a casa, después de una ruta comercial de varias semanas.
La acción se desarrolla en un futuro no demasiado lejano, en el que es posible vislumbrar rasgos característicos de nuestros días y nuestras sociedades.
Después de leerlo nos quedan claras muchas cosas que no debieran de ocurrir jamás. Pero, ¿no pasaron ya? ¿Es un simple novelista el autor? ¿Existe la verdad?

Autor: A. Quijano
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13 de Diciembre, 2008

El Yelmo Encantado de Mambrino

Por A. Quijano - 13 de Diciembre, 2008, 23:56, Categoría: FICCION

Primera parte.

 

 

        Es falso que fuese victima de posesión demoníaca alguna, como en su famosa novela más que insinúa, el autor del desgraciado mamotreto que con el paso de los siglos se ha posicionado incluso por delante, en el numero de lectores, del considerado “el libro de libros”.

 

       Es de hecho todo el mencionado mamotreto un intento de ridiculizar una noble forma de vida; además es el resultado de un ataque de pánico causado por la profunda comprensión de que sería tomado por loco, he ingresado a la fuerza en el hospital del que yo mismo le hablara cuando le conté mi viaje a tierras levantinas, junto al Mare Nostrum, si se atrevía a contar la Verdad. Poseer su autor tan indiscutibles dones sociales, que tantos aliados le han proporcionado secularmente, ha sido sin duda la causa de tan desproporcionado y contundente éxito, a cuyo estudio  han empleado su tiempo cientos de mentes preclaras que incluso, han determinado donde ocurrió una u otra de las aventuras desgraciadas que el impotente, otrora poderoso perseguidor, necesitaba ridiculizar. Desconozco si con ánimo de insultarme, o como prueba de mi locura, si se veía en la necesidad de manifestar que yo le contara dichas aventuras, o como simple antídoto para el mal, que el conocimiento de mi existencia sin duda le creaba. Es así mismo comprensible su estado de animo y que su enfermiza impotencia le hiciera tergiversar y parodiar cuanto oyó, llevando su novela  a la negación de cualquier acto de resistencia por la supervivencia del espíritu, fuera de la entrega al auto flagelo, que nunca existió, mi escudero, qué cómo tal jamás existió, sería lo último que se hubiera atrevido a cometer, llevando su novela así mismo a la inevitable, intrínseca condición de mortal, abatido y en solitario, del hombre. Su razón se resintió después de haber sido impresionado grandemente tras descubrir, accidentalmente, la cualidad que me permite estar escribiendo hoy, a poco menos de ocho años, de la cuarta centuria de su fallecimiento.

       Fue allá en 1595 cuando conocí para mi desgracia, al hoy tan famoso autor, en condiciones nada agradables para mi memoria. Golpearon con gran estruendo la puerta de mi morada, que no estaba en Argamasilla de Alba, sino, en Sevilla. Ya estaba allí antes de que el fanático Arcediano de Écija Ferrán Martínez, hiciera florecer la semilla que tantos años llevaban esparciendo él en Andalucía y Vicente Ferrer en la zona de Valencia, germen de odio y ansias de robar, que tanto a embriagado a la “cristiandad” a lo largo de su historia, por que eso es en el fondo lo que mueve a tanta perorata teológica y santurrona, la necesidad de apoderarse de la fuerza de ánimo del adversario con el menor esfuerzo posible, intentando no tener que recurrir a las “cuñas y la maza” o las “tenazas al rojo y el gancho descarnador”, o el simple “fusilamiento y entierro en fosa común”, el tiro en la nuca es un cuento para niños.

Por fin lo consiguieron el 6 de Junio de 1391, ¡hacia tanto calor en Sevilla aquel año!, era difícil pensar y las miserias creadas por la corona autoritaria y sus guerras dinásticas y la canalización del odio hacia los judíos, dieron al fin sus frutos de “sangre, saqueo y expropiaciones forzosas”, y la masa, manipulada y castigada por el hambre, la humillación del poderoso y la miseria moral de todos los insaciables buitres, que son los hombres propensos al abuso de poder, con el desvío y la manipulación de las almas, de los propensos, al ancestral temor a supersticiones ancladas en la infancia, desde niños indefensos, a merced de almas miserables que les inculcan el terror a lo que á de venir inexorablemente y a los poderosos, para beneficiarse así en el futuro de los terrores que estos niños tendrán ya adultos, a dioses y diablos, ante los que tendrán que rendir cuentas, mucho más si no mantienen con sus óbolos sus miserables existencias en lo moral y las de sus templos con su aportación “desinteresada”, se lanzó al saqueo de las juderías.

Había conseguido a lo largo de los años de existencia en paz haber guardado una pequeña fortuna, que me hacía pasar desapercibido para todas las clases sociales de forma discreta y sin tomar partido ni político, ni de clase; hasta la raza había conseguido ocultar.

Abrió la puerta el joven que me hacia de asistente y ayudaba en las labores de la casa a cambio de un jornal, y muy asustado llegó a mí, diciendo que en la puerta había gente de armas que mi nombre pronunciaba. Un individuo, flanqueado por dos hombres armados y con casco de hierro, preguntó si yo era quien figuraba en la lista que él llevaba, y le contesté que sí, que ese era mi nombre. Reclamaba el pago de un impuesto en nombre del Rey, Felipe II, pero no daba razón del motivo que había generado dicho impuesto. Le contesté que no estaba sujeto a impuesto alguno en relación a contiendas pasadas, ni futuras, que no era noble y por lo tanto, mis impuestos se pagaban por otros cauces, que sin duda debía de estar en un error. Montó en cólera de golpe y me gritó que él representaba al Rey de España, Duque de Milán…. Y otros muchos títulos que no recuerdo, y que hasta yo era una pertenencia más del Rey, de la Sagrada Madre Iglesia y de la Clase Noble en general, toda la discreción con la que me había desenvuelto durante los últimos siglos, se perdieron en aquel breve instante, en el que esgrimí una sonrisa para continuar dialogando con aquel exaltado individuo, fue como si lo hubiera abofeteado. Como si el tiempo se hubiese detenido y fuese avanzando muy por debajo de su velocidad normal, vi como desenvainaba su tizona con la mano derecha, me dio tiempo a percibir lo afilado y bruñido de su instrumento de trabajo, era una fabricación especial con un diseño entre una espada de ropa y una de combate, ambivalente para estoque y filo, sin duda estaba diseñada por encargo, incluso distinguí el sello toledano en la hoja, junto a la cazoleta y nada más, sin despegar su mano izquierda del costado, donde había permanecido en todo momento como si la tuviera inutilizada, me asestó con una gran profesionalidad tres estocadas, una detrás de otra, era un gran profesional, tras cada estocada giró la muñeca para permitir la entrada de aire en la profunda herida, las tres eran mortales de necesidad.

Mi cuerpo lo dejaron donde cayó, a nadie debían explicación y el que así lo quisiera, que cargase con las engorrosas molestias de levantar el cuerpo. Mi fiel asistente, hijo del asistente que lo precedió, se limitó ha cumplir las instrucciones para las que había sido preparado por si estando él en su puesto se daba tal circunstancia; si no habían autoridades mediante, trasladar el cuerpo a la segunda morada, o morada de seguridad, proveerla de víveres y dejar el cuerpo después de lavarlo envuelto en un sudario blanco, a tal fin reservado. Al cuarto día debería regresar y si no había ninguna novedad debía dar sepultura al cuerpo de forma anónima, si había novedad, recibiría nuevas consignas, eso era todo.

Es uno más de los muchos procedimientos especiales en los que fui instruido por los Sicarii.

 

Cuando nos volvimos a encontrar era un hombre distinto, tenía la impronta del cautivo; la falta de seguridad y la exposición a cuanta afrenta se le puede ocasionar a quien está así privado de derechos, imprime un estado de ánimo muy distinto al arrogante recaudador real de la vez anterior. No pude esquivar el encuentro; me encontraba en Madrid por un asunto de negocios, salí de la posada a tomar el fresco de la tarde madrileña de marzo y desentumecerme antes de que anocheciese, en ese momento me encontraba en algún punto entre la calle de Alcalá y el Convento del Espíritu Santo, cuando al levantar los ojos allí estaba frente a mí, a unos cuatro metros. A pesar de los siete años transcurridos, su descuidada barba de varias semanas y su aspecto lívido y desorbitado lo reconocí al instante; me miraba de frente muy quieto, como si temiese siquiera respirar y en el fondo de sí mismo, estuviera buscando la confirmación del error en el que, sin duda, se encontraba. La primera sacudida afectó a la mandíbula inferior, que inició un descontrolado traqueteo, tal que temí que se partiese la lengua en dos, después el cuerpo entero sufrió un tremendo espasmo seguido de violentos temblores, por último las piernas se le tornaron de trapo y cayó sobre rodillas y manos mientras la saliva escapa sin control. La calle estaba desierta, me acerqué a el y lo ayudé a recomponerse, simulando no conocerlo, haciendo le creer con mi trato que podía solo tratarse de un parecido sin igual, o que acababa de encontrarse con un gemelo de aquel al que arrebató la vida en otra situación y lugar.

Su discapacidad momentánea fue lo que me permitió poder cogerlo y ayudarlo, se encontraba totalmente ausente y sin control alguno sobre sí mismo. Cualquier cosa que le dijera de parecidos y gemelos no eran escuchadas, con lo que me limité a asistirlo con monosílabos y pequeños empellones. No portaba armas y su vestimenta estaba raída, rota en algunos puntos y con aspecto de no haberse despegado de aquel cuerpo en mucho tiempo. Por un momento estuve cerca de dejarlo allí y marchar, pagar mi estancia en la posada y alejarme de aquel lugar y aquel individuo, pero el tipo se había quedado colgado; o el impacto recibido al encontrarme de frente le había roto algo o, por su aspecto, se trataba del final de un  duro trance que, evidentemente, no había superado. Si no se reponía podía fácilmente quedar por hay tirado, con mal final si nadie lo asistía. Madrid, a punto de oscurecer; no se que me motivó a auxiliar a aquel tipo. Los asuntos que me habían llevado a Madrid estaban ya cerrados y al día siguiente me recogerían con el Branlats según había convenido con mi asistente. Afortunadamente la posada tenia una entrada trasera y el posadero era gente de pocas preguntas si había escudos, el color de estos no le importaba. Pasó la noche encima de un colchón de lana, no supe si durmió o no pues no cambió de posición ni se movió en toda la noche.

Por la mañana, poco antes del amanecer oí llegar el tiro de los caballos y las ruedas de hierro sobre el empedrado; aun estaba dudando de si cargarlo en el carro o no cuando llamaron a la puerta de mis aposentos, por la forma de hacerlo supe que era Tomás, abrí, entró con un “buenos días” y cuando vio el colchón y al individuo, me preguntó quien era y que hacía allí. Viendo que no lo había reconocido y habiendo tomado una decisión más por inercia que meditada, le contesté que por el camino se lo contaría y le señalé  mi equipaje mientras yo ayudaba a levantarse al recaudador, con la forma que había resultado efectiva la tarde anterior, pequeños monosílabos de animo y pequeños empellones direccionales. Mientras Tomás cargaba mi equipaje en el cajón trasero del carro yo ayudé a subir a aquel trozo de carne sin voluntad alguna al carro y salimos, dirección este, de Madrid.

A.Quijano

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